sábado, 23 de julio de 2011

El maquinista de la General



FICHA TÉCNICA:

Título Original: The General
Año: 1927
Nacionalidad: EE. UU.
Dirección: Buster Keaton, Clyde Bruckman
Intérpretes: Buster Keaton, Marion Mack, Glen Cavender, Jim Farley, Frederick Vroom, Charles Smith, Frank Varnes, Joe Keaton, Mike Donlin, Tom Nawm
Guión: Al Boarsberg, Charles Smith
Música: Muda
Fotografía: Bert Haines & J.D. Jennings (B&W)
Productora: UA
Duración: 75 minutos


SINOPSIS:

La película desarrolla la historia de Johnnie Gray (Buster Keaton), un maquinista de la Western & Atlantic que tiene dos pasiones en su vida, su locomotora "La General" y su novia Annabelle Lee (Marion Mack). Cuando llega a su pueblo sureño la noticia de la guerra entre el Norte y el Sur, Johnny intenta alistarse pero su solicitud es rechazada porque el ejército considera que será más útil trabajando en la retaguardia. Pero su novia, sin saber la razón del rechazo, le considerará un cobarde. Un comando nordista infiltrado tras las líneas confederadas le roba "La General" y rapta a Anabelle. Johnny no dudará un segundo en subirse a otra locomotora y perseguir a los yanquis para recuperar a sus dos amadas.


ANÉCDOTAS Y/O CURIOSIDADES:

 Basada libremente en un episodio de la guerra civil americana, el robo por parte de unos espías de la Unión de una locomotora sureña.
 Considerada una de las mejores películas de la Historia del Cine, en la época de su estreno fue, irónicamente, un fracaso comercial, lo que supuso una de las razones de que Buster Keaton perdiese su independencia económica y artística.
 Siendo Keaton un fanático del mundo ferroviario, su primer objetivo para hacer la película fue tratar de obtener la locomotora que había protagonizado el episodio original sesenta años atrás. La auténtica "The General" se conservaba en la estación de Chattanooga expuesta al público y a los pasajeros, y aunque en un principio sus propietarios autorizaron su uso para el filme, luego decidieron negarlo ante las protestas de diversos grupos de veteranos de la Guerra Civil. A ninguno le hacía mucha gracia que esa reliquia fuera objeto de una cinta cómica. Como resultado, Keaton mandó construir dos réplicas exactas de “La General”, exigiendo que funcionaran exactamente igual que en 1860, con calderas de fuego y leña, lo que debido a un accidente provocó un importante incendio en una de las zonas boscosas en las que rodaron.
El afán de Keaton por la verosimilitud se aplicó también a la utilería, al vestuario, al diseño de los decorados y a toda la parafernalia militar. Hasta el cañón de aspecto cómico que aparece en las fotografías más difundidas de la película fue inspirado en un modelo verdadero de la época, y esto a pesar de la inicial reticencia de Keaton. Como señalaba en cierta ocasión, "era tan ridículo que dudamos si sacarlo o no por temor a que el público pensara que lo habíamos inventado". Afortunadamente fue incluido en la producción, y el cañón terminó protagonizando uno de los momentos más recordados de la historia del cine mudo.
El rodaje se alargó hasta las 18 semanas, cuando las películas de Keaton rara vez alcanzaban las 8 semanas de rodaje.


Bajado de: elseptimoarte.net

Buster Keaton - Biografía

Buster Keaton (1895-1966), actor y director de cine estadounidense, cuyo semblante inexpresivo, pajarita siempre caída y notable sentido del ritmo, le hicieron uno de los cómicos más populares y creativos del periodo mudo. También se le conoció en los países de habla hispana por el sobrenombre de 'Pamplinas'. Su verdadero nombre era Joseph Francis Keaton, nació en Piekaway, Kansas, en el seno de una familia de actores de vodevil, por lo que aprendió desde muy niño el oficio como miembro de los Tres Keatons. En sus primeras películas no era más que el acompañante de Fatty Arbuckle, un actor y director cómico del cine mudo por entonces bien situado. Sus principales papeles protagonistas en largometrajes fueron en
 El maquinista de la general (1927) que él mismo dirigió, El héroe del río (1928), dirigida por Charles Riesuer y El cameraman (1928), de Edward Sedgwick. Con la implantación del cine sonoro, Keaton empezó a tener problemas para encontrar trabajo, aunque siguió en activo gracias a breves apariciones entre las que hay que destacar las de Paseos por Nueva York (1931, Jules Withe y Zion Myers), El crepúsculo de los dioses (1950, Billy Wilder), Candilejas (1951, Chaplin), El mundo está loco, loco, loco (1963, Stanley Kramer) y Golfus de Roma (1966, Richard Lester). En 1959 la Academia de Hollywood le concedió un Oscar por su contribución al cine cómico. Murió de cáncer de pulmón el 1 de febrero de 1966.

André Gaudreault y François Jost - "El relato cinematográfico"

Relato oral, relato escrito, relato fílmico

El cine tiene su propia problemática. Lo constatamos fácilmente en cuanto lo comparamos con otras formas narrativa. Tomemos al paciente que narra una parte de su infancia a su psicoanalista. Esta situación relativamente sencilla (en el plano narrativo, claro está), como toda forma de narración oral, se basa en un dispositivo elemental que sitúa dos personas frente a frente: una que narra (es, pues, el narrador) y otra que escucha, o al menos así hay que suponerlo, su relato (es el narratario).
Buena parte de los relatos que consumimos se nos remiten en otras formas distintas a las relativamente simples de este tipo de narración oral. ¿Por qué calificar de simples tales formas? Porque no suponen más que un solo narrador explícito y una sola actividad de comunicación narrativa, la que se efectúa, aquí y ahora, cuando los dos interlocutores están en presencia el uno del otro. En presencia, ése es uno de los aspectos esenciales del relato oral que se desarrolla entre un narrador y un narratario, presentes ambos, y que lo opone, particularmente, a ese relato escrito que es la novela.
A diferencia de la narración del relato escrito, la prestación del narrador oral es inmediata en el sentido de que interviene “enseguida”, “en el instante mismo”, pero también en el sentido de que es “sin intermediarios” (in-mediata). En efecto, por una parte, el relato escrito llega al lector en diferido, puesto que no se remite en el mismo momento de su “emisión”. Por otra parte, el lector toma conocimiento de ello gracias al intermediario de un libro o de un periódico, que es el resultado de un acto de escritura previa: es un media.
Diremos, pues, que la narración oral se hace in praesentia, mientras que la narración escrita, al igual que la narración fílmica, se hace in absentia.
Existen, en la historia de la humanidad, culturas en las que el relato oral precede claramente al relato escrito; por ejemplo, el período de la Grecia antigua, que, como Platón y Aristóteles, precisamente vio nacer los primeros interrogantes sobre el relato. En aquella época, prácticamente toda prestación narrativa suponía un dispositivo que ponía simultáneamente en presencia directa a narradores y auditores. Efectivamente, en la cultura de los antiguos, la actividad de la narración era, ante todo, el acto del aedo o del rapsoda que, con cierta semejanza a lo que haría el trovador en la Francia medieval, se sentía obligado a transmitir a la multitud, contándolas en voz alta, las obras, eventualmente narrativas, de los poetas.
Convendrá tener en cuenta estas diferencias entre los dispositivos narrativos para abordar esa ciencia del relato que es la narratología


Extraído de El relato cinematográfico. Cine y narratología,  de André Gaudreault y François Jost, Ediciones Paidós Ibérica S.A., 1995

Roland Barthes "El actor de D'Harcourt"

EL ACTOR DE D' HARCOURT

En Francia, no se es actor si uno no ha sido fotogra­fiado por los Studios d'Harcourt. El actor de d'Harcourt es un dios; nunca hace nada: se lo rapta en descanso. Un eufemismo, tomado del lenguaje mundano, justifica esa postura: se supone al actor "en su vida ciuda­dana". Claro que se trata de una ciudad ideal, esa ciudad de los comediantes donde sólo existen fiestas y amores, mientras que en la escena todo es trabajo, generoso y sacrificado. El cambio debe causar la más grande sorpresa; debemos sobrecogernos de turbación al descubrir suspendida en las escaleras del teatro, como una esfinge a la entrada del santuario, la imagen olím­pica de un actor que ha dejado la piel del monstruo agitado, demasiado humano y que reencuentra por fin su esencia intemporal. Aquí el actor se desquita: obli­gado, por su función sacerdotal, a representar a veces la vejez y la fealdad, en todo caso la desposesión de sí mismo, se le hace reencontrar un rostro ideal, limpiado (como en la tintorería) de las suciedades de la profe­sión. El paso de la "escena" a lo "ciudadano", no im­plica que el actor de d'Harcourt abandone el "sueño" por la "realidad". Es la contracara: en escena, bien cons­truido, óseo, carnal, de piel espesa bajo el afeite; en la ciudad, llano, sin aristas, el rostro pulido por la virtud, aireado por la dulce luz del estudio de d'Harcourt. En  la escena, a veces viejo, o al menos mostrando una edad; en la ciudad, eternamente joven, detenido para siem­pre en la cima de la belleza. En la escena, traicionado por la materialidad de una voz demasiado musculosa como las pantorrillas de una bailarina; en la ciudad, idealmente silencioso, es decir misterioso, impregnado del secreto profundo que se supone en toda belleza que no habla. En la escena, por último, empeñado forzosamente en gestos triviales o heroicos, siempre efi­caces; en la ciudad, reducido a un rostro depurado de todo movimiento.
Ese rostro puro se vuelve totalmente inútil —es de­cir lujoso— por el ángulo aberrante de la toma, como si el aparato de d'Harcourt, autorizado por especia] privi­legio a captar esa belleza no terrestre, debiera ubicarse dentro de las zonas más improbables de un espacio enrarecido; y como si ese rostro que flota entre el suelo grosero del teatro y el cielo resplandeciente de la "ciudad", sólo pudiese ser sorprendido, sustraído apenas un instante a su intemporalidad natural, para luego ser abandonado devotamente a su carrera solitaria y regia; ya sumergido maternalmente en la tierra que se aleja, ya elevado, estático, el rostro del actor parece encontrar su morada celeste en una ascensión sin prisa y sin esfuerzos, al contrario de la humanidad espectadora que, por pertenecer a una clase zoológica diferente y sólo apta para el movimiento por medio de las piernas (y no por medio del rostro), debe regresar caminando a su departamento. (Alguna vez sería necesario intentar un psicoanálisis histórico de las iconografías truncadas. Es posible que caminar sea mitológicamente el gesto más trivial y por lo tanto el más humano. Todo ensue­ño, toda imagen ideal, toda promoción social, suprime en primer lugar las piernas; ya sea a través del retrato o del automóvil. )
Reducidas a un rostro, a hombros, a cabellos, las actrices testimonian la virtuosa irrealidad de su sexo de manera que en la intimidad son manifiestamente ángeles, después de haber sido en escena amantes, ma­dres, rameras "y doncellas. Los hombres —con excep­ción de los galanes jóvenes que más bien pertenecen al género angélico puesto que su rostro, como el de las mujeres, permanece en posición de evanescencia— pre­gonan su virilidad mediante algún atributo ciudadano: una pipa, un perro, anteojos, una chimenea con repisa; objetos triviales pero necesarios para expresar la masculinidad, audacia sólo permitida a los varones y a través de la cual el actor, en su vida cotidiana y a la ma­nera de los dioses y de los reyes alegres por el vino, manifiesta no temer ser, en ocasiones, un hombre como los demás, poseedor de placeres (la pipa), de aficiones (el perro), de afecciones (los anteojos) e incluso de domicilio terrestre (la chimenea).
La iconografía de d'Harcourt sublima la materialidad del actor y continúa una "escena" necesariamente tri­vial, puesto que funciona en una "ciudad" inerte y por consiguiente ideal. Situación paradójica: aquí la realidad es la escena; la ciudad es mito, ensueño, maravilla. El actor, liberado de la envoltura demasiado encarna­da del oficio, reencuentra su esencia ritual de héroe, de arquetipo humano, ubicado en el límite de las normas físicas de los otros hombres. Aquí, el rostro es un objeto novelesco; su impasibilidad, su pasta divina, suspenden la verdad cotidiana y le confieren la turbación, el deleite y, finalmente, la seguridad de una verdad superior. Por una necesidad de ilusión, propia de una época y de una clase social demasiado endebles para la razón pura y el mito potente, la multitud concentrada en los entreactos, que se aburre y se exhibe, declara que esos rostros irreales son exactamente los de la intimidad y con esto se da la buena conciencia racionalista de suponer a un hombre detrás del actor; pero en el momento de despo­jar al mimo, el estudio de d'Harcourt, que llega en el instante preciso, hace surgir un dios; y todo, en ese público burgués harto de mentiras pero que las necesita para vivir, todo se satisface.
Como consecuencia, la fotografía de d'Harcourt es un rito de iniciación para el joven comediante, un diploma que lo instala entre los importantes, su verdadera cé­dula de identidad profesional. Nadie puede conside­rarse auténticamente entronizado mientras no ha sido tocado por los santos óleos de d'Harcourt. Ese recuadro en el que se revela por primera vez su cabeza ideal, su aire inteligente, sensible o malicioso, según la imagen que se proponga para el resto de su vida, es el acto solemne por medio del cual la sociedad acepta abstraerlo de sus propias leyes físicas y le asegura el beneficio per­petuo de un rostro que recibe en don, en el momento de ese bautismo, todos los poderes ordinariamente ne­gados, al menos en forma simultánea, al común de los mortales: un esplendor inalterable, una seducción lim­pia de toda maldad, una potencia intelectual que no acompaña necesariamente al arte o a la belleza del co­mediante.
En cambio, las fotografías de Thérése Le Prat o de Agnés Varda, por ejemplo, son de vanguardia: siempre dejan al actor el rostro que encarnan y lo encierran francamente, con una humildad ejemplar, en su fun­ción social que consiste en "representar" y no en men­tir. Para un mito tan alineado como el de los rostros de actores, esta propuesta resulta revolucionaria: no suspender de las escaleras a los d'Harcourt clásicos, em­pavonados, languidecidos, angelizados o virilizados (se­gún el sexo), es una audacia a la que muy pocos teatros se atreven.

 Roland Barthes


Mitologías
decimosegunda edición en español, 1999
© siglo xxi editores, s. a. de c. v.

sábado, 16 de julio de 2011

Georges Méliès - Biografías





Georges Méliès

(París, 1861 - id., 1938) Director y productor de cine francés. En 1895, fecha en que era director del Teatro Robert-Houdin e ilusionista profesional, asistió al estreno de las primeras películas de los hermanos Lumière, inventores del cinematógrafo.
Convencido de las posibilidades de futuro del invento, adquirió una cámara cinematográfica, construyó unos estudios en los alrededores de París y se volcó en la producción y dirección de películas. Entre 1899 y 1912 realizó cerca de cuatrocientos filmes, en su mayoría comedias de tono burlesco y desenfadado, entre las que destacan Cleopatra(1899), Cristo andando sobre las aguas (1899), El hombre de la cabeza de goma (1901), la célebre Viaje a la Luna (1902), El viaje a través de lo imposible (1904) y Hamlet (1908).
También grabó reconstrucciones de eventos o noticias reales y mensajes publicitarios. Inventor de numerosos trucos y técnicas cinematográficas, se retiró en 1913, ante la imposibilidad de competir comercialmente con las grandes productoras que habían nacido pocos años antes. A su muerte, acontecida en 1938, se encontraba en la más absoluta miseria.

Viaje a la Luna - Ficha Técnica



Ficha técnica
Dirección: Georges Méliès
Guión: Georges Méliès
Productor: Georges Méliès
Diseño de producción: Hubert Pouille
Fotografía: Michaut
Música: Octavio Vázquez
Reparto: Bleuette Bernon (Luna); Brunnet (Astrónomo); Henri Delannoy(Capitán del cohete); Farjaut (Astrónomo); Kelm (Astrónomo); Georges Méliès (Profesor. Barbenfouillis); Victor André; Jeanne d'Alcy; Depierre
Duración: 8:05

Argumento:

En una gran y larga conferencia de astrónomos, el presidente de la reunión (interpretado por Georges Méliès) propone hacer un viaje a la luna. Después de tratar un cierto silencio (lanzando el papel en una persona que interrumpe), seis valientes astrónomos diseñan un plan, después de haber diseñado una cápsula espacial, son lanzados al espacio por un cañón gigante. La cápsula es expulsada hacia la bonita cara de la luna, dañándole el ojo derecho.
Los astrónomos salen de la cápsula y ven que la nave ha colisionado. Aterrizando con seguridad en la luna, los exploradores salen de la cápsula y miran la gran distancia entre la tierra y el territorio en el que se hallan, exhaustos por el largo viaje, éstos desenrollan sus frazadas y duermen. Mientras duermen un cometa pasa y la Osa Mayor aparece, cada estrella posee una cara humana, el viejo Saturno se inclina fuera de una ventana en su planeta anillado y Febe, diosa de la luna, aparece sentada en un oscilación de una luna-creciente. Febe provoca una gran tormenta de nieve, que obliga a los astrónomos a buscar refugio y calor. Los protagonistas encuentran una cueva donde se pueden cobijar. En esta cueva encuentran unas setas de gran tamaño. Uno de los terrícolas abre su paraguas; toma la raíz de una de ellas y se transforma en una seta gigante.
De pronto, un selenita (habitante de la Luna) aparece, los exploradores matan sin intención a uno y el pueblo selenita desea vengarse por la muerte de su habitante. Segundos después aparecen un gran número de selenitas con armas atacando a los astrónomos. Más habitantes del satélite aparecen obligándolos a que éstos se rindan. La tribu de selenítas les presentan a su líder y el jefe de la tripulación mata a éste.
De este modo, logran escapar de vuelta a la cápsula, mientras son perseguidos por los selenitas. Cinco de los astrónomos entran en la cápsula y el último utiliza una cuerda para inclinar la cápsula sobre la Tierra. Los selenitas intentan agarrar la cápsula a última hora y la empujan. La nave cae hacia un océano de la Tierra y la cápsula flota de nuevo a la superficie, donde son rescatados por una nave y remolcados en tierra.

Viaje a la Luna - Afiche

Archivo:A Trip to the Moon poster.jpg

Ferdinad Zecca - Biografía

 

Ferdinand Zecca (1864 - 1947, ) fue un cineasta francés, también fue director, productor, actor y guionista. Principal director de la Pathé-Frères, la productora de cine más importante del mundo antes de la Primera Guerra Mundial. Nace entre artistas del espectáculo. Su padre es director de un café-concierto y sus hermanos actores. El propio Ferdinand Zecca llegará a ser actor y director del espectáculo. En los orígenes del cine mudo, en 1899, se interesará por las posibilidades del sonido. Realiza para Pathé una primera película sonora, El melómano mudo, acompañando la proyección con el sonido de un gramófono. Luego, para Gaumont, realiza Fechorías de una cabeza de terneraFerdinand Zecca regresa definitivamente a Pathé en 1900. En la Exposición Universal de París, donde la empresa cinematográfica tiene su caseta, conoce a Charles Pathé, que lo contrata como realizador. Acumula los distintos puestos técnicos: actor, guionista, decorador, operador de cámara y director.
Su primer éxito como realizador es Historia de un crimen. La obra contiene un interesante flash-back. El condenado a muerte rememora en sus últimos momentos el crimen por el que se condenó. El éxito de este filme es internacional y consigue una gran notoriedad para la Pathé.
En 1902,  empieza el rodaje de la Pasión de nuestro señor Jesucristo que no llegará a las pantallas hasta 1905. El triunfo de la película es fulminante. Pathé empieza una ascensión irresistible. Zecca se promoverá muy rápidamente a la dirección artística de Pathé, supervisando el trabajo de nuevos realizadores (Gaston Velle, Georges Hatot, Louis Gasnier...). Su filmografía es difícil, en consecuencia, de establecer ya que su papel era variable en algunas películas que pudieron asignársele. Zecca ensaya desde la "actualidad reconstituida" (Asesinato del Presidente McKinley) y las películas de trucos (El baño imposible), ambas representantes de géneros habituales de la época, hasta el drama social (En el país negroLa Huelga), o los cuentos de hadas (La Bella Durmiente del bosqueEl Gato con botas).
Su filmografía muy variada pide reelabora obras que ya han sido éxitos de otros realizadores. Ferdinand Zecca imita recursos de sus colegas y competidores, especialmente de los realizadores británicos y también de George Mèliés Va así a realizar su propia versión del Affaire Dreyfus después de la exitosa de Méliès, a volver a rodar el clásico El anteojo de la abuela, utilizando el método de plano general seguido de plano detalle del pionero británico del cine G. A. Smith en su film Grandma reading glass, o la Pasión de Cristo, que ya fue llevada a la pantalla por Léar.
El enfoque cinématográfico de Zecca es menos artístico que comercial, multiplicar las clases e inspirarse, o incluso plagiar, a sus contemporáneos, lo cual tiene por objetivo sobre todo ganar la batalla comercial. Objetivo que alcanzó, puesto que en 1908, Pathé es una multinacional presente en todas partes en el mundo y domina con mano férrea la producción mundial.
En 1914, cuando la Primera Guerra Mundial estalla, es enviado a los Estados Unidos para ocuparse de la rama americana de la sociedad Pathé. Vuelve de nuevo en 1917 para dirigir el departamento Pathé-Baby, consagrado a las películas domésticas.
El renombre de Ferdinand Zecca es debido a que su nombre se asocia a los varios millares de cintas que se proyectaron a través del mundo en este período del cine de anteguerra. Su carrera fue unida estrechamente al extraordinario desarrollo de Pathé.

Historia de un crimen - Ficha Técnica


Historia de un crimen

 Historia de un crimen


Título Original: Histoire d´un crime
País: Francia
Año: 1901
Guión: Ferdinand Zecca
Director: Ferdinand Zecca
Decorados: Ferdinand Zecca
Fotografía: Ferdinand Zecca (BN)
Producción: Pathé
Duración: 110 metros (seis cuadros)
Intérpretes: Jean Liézer, Bretteau, Ferdinand Zecca





Historia de un crimen es un film que desafía las expectativas. Ferdinand Zecca, alguna vez artista de entretenimientos devenido en director de cine, se aseguro el titulo del primer director dramático en la historia, con una producción que se ocupa del crimen y sus implicaciones sociológicas. Así como en tantas producciones de la época, Zecca esta tratando de desarrollar el medio en orden de crear el factor de “asombro” del que hablaba Gunning, actuando tanto como un innovador y como un entretenedor.
La película tiene dos famosas novedades técnicas: la edicion a traves de una transición disuelta, y el uso de escenas retrospectivas para desarrollar una narrativa no linear. La disolución no cayo tan bien como esperaba, Zecca abandono dicha técnica después de varias transiciones. La retrospectiva, por otra parte, se asentó valientemente en la construcción del terreno de las películas. La clave yace en el hecho de que en Historia de un Crimen Zecca muestra la posibilidad de la película de mostrar dos acciones paralelas dentro del mismo marco sin generar confusión, abriendo técnicamente la posibilidad de la edición paralela.


Afgrunden - Ficha Técnica y Artística







FICHA TÉCNICA Y ARTÍSTICA

Director: Urban Gad
Productor: Hjalmar Davidsen
Guión: Peter Urban Gad
Fotografía: Alfred Lind
Productora: Kosmorama
Estreno: 12 Septiembre 1910
Nacionalidad: Danesa
Género: Drama
Duración: 750 metros / 2 rollos / 35 minutos
Formato: 35mm. 1'37:1
Fotogramas: 16 fps
Color: Blanco y Negro
Otros títulos: The Abyss, El Abismo, The Woman Always Pays

REPARTO

Asta Nielsen ....
Magda Vang
Robert Dinesen .... Knud Svane
Poul Reumert .... Rudolf Stern
Hans Neergard ....
Padre de Magda
Emilie Sannom .... Lilly d'Estrelle
Oscar Stribolt .... Camarero
Arne Weel .... Invitado en el jardín
Hulda Didrichsen .... Mujer
Johannes Fønss .... Invitado





Sinopsis:


Magda es una joven profesora de música en cuya belleza y virtud repara el honesto Knud, que se convierte en un incondicional admirador de la muchacha. La amistad entre ambos crece hasta el punto que Knud decide llevarla al campo para presentársela a su padre, un ministro de la iglesia, como su novia.
La llegada de un circo ambulante a la ciudad despierta la curiosidad de Magda, que pide a Knud que la lleve a ver la representación. Durante la misma, el bello Rudolph, integrante de la troupe de cowboys, se fija en la muchacha, lo que provoca los celos de Knud que saca a su novia de allí y la lleva a casa. El cowboy, un conquistador empedernido, no se dará por satisfecho y seguirá a la joven hasta su casa...

Louis Feuillade - Biografía

Louis Feuillade



(Lunel, 1874 - Niza, 1925) Director de cine francés. Tras estudiar en un seminario católico de Carcassonne, marchó a París, ciudad en la que trabajó en una editorial. Con estos conocimientos se lanzó al mundo del periodismo a través de una revista satírica, y continuó luego aportando sus textos en diversas publicaciones, en las que demostró ser un buen narrador.
Llegó al cine en 1905, cuando fue contratado por León Gaumont para escribir guiones. La suerte hizo que Alice Guy, por aquel tiempo una afamada directora de la casa, dejara su puesto vacante y recomendara al productor que contara con Feuillade para sustituirla. Así fue como Louis comenzó a dirigir películas sin descanso, lo que le llevó a ser un prolífico creador. Su primera película firmada fue La porteuse de pain (1906), y a partir de ese momento se acumularían inmediatamente en su historial un largo número de títulos que abordaban todo tipo de comedias, aventuras, temas policiacos o históricos.
Pero más allá de su incesante actividad, el nombre de Feuillade fue asociado al cine de episodios, el serial cinematográfico, formato en el que destacó por encima de sus coetáneos. Abordó, entre otros, temas infantiles (la serie Bébé, 1910-1913) y temas realistas (La vie telle quelle est, 1911-1913), que tuvieron desigual fortuna en sus estrenos. Sin duda, estos trabajos le dieron la seguridad que necesitó para abordar empeños mayores, como Fantomas (1913),Los vampiros (1915) y Judex (1916).
Las novelas populares de los escritores Pierre Souvestre y Marcel Allain le permitieron abordar con cierto realismo, y en cinco partes, las aventuras de Fantomas; en ellas no sólo destacó el personaje enigmático sino, también, los escenarios en donde se desarrollaron los momentos de cada historia. Mientras la Primera Guerra Mundial alcanzaba su momento más crítico, Louis, tras abandonar el frente por razones de salud, desarrolló plenamente la estructura y el concepto de serial en Los vampiros, historia de un grupo de bandidos planteada a lo largo de diez episodios. El rodaje en exteriores le ayudó a conseguir un ambiente más efectista, en el que fueron apareciendo actores desconocidos y otros más importantes de la época -Feuillade aprovechó el retorno del frente de batalla de algunos actores para introducirlos en la trama que estaba rodando en aquellas fechas-.

Feuillade aprovechó el éxito que la historia de "Judex", de Arthur Bernéde, estaba teniendo en las páginas del Le Petit Parisien para promover su adaptación cinematográfica. A lo largo de doce episodios, Louis planteó una historia desde el punto de vista de los defensores de la Ley, algo que sorprendió a los que se le enfrentaron en anteriores ocasiones, sobre todo porque sus películas se centraron mucho más en los malhechores. Con varios de sus actores más asiduos, Marcel Lévesque, el niño Bout-de-Zan o Musidora, recrea una serie de situaciones en las que se enfrenta Judex a su máximo enemigo, el banquero Fravraux, todo ello en un ambiente realista no exento de intencionalidad fantástica, con mucha acción y fácil seguimiento.

Es un hecho que Feuillade supo aprovechar el éxito de la historia periodística para sacarle más fruto con su traslación a la pantalla. El público conocía muy bien la historia y la podía seguir sin problemas. En este sentido, cabe señalar que el director supo congeniar muy bien la escasez de recursos con que contaba para el rodaje con la respuesta del público hacia ciertos temas. En este sentido, lo que quizá llama más la atención es que tras el éxito de Bébéaprovechase un episodio de esta serie, el tituladoBébé, Bout-de-Zan et le voleur (1912), para preparar el camino para la producción de una serie amplia sobre ese personajes infantil. Si Bébé alcanzó los 75 títulos, Bout-de-Zan llegó a superar los cincuenta episodios.

Louis Feuillade dio una respuesta inteligente, constructiva y repleta de imaginación al cine de episodios de los años diez. Llama la atención que sus historias se acercaran a los hechos cotidianos con una gran dosis de realismo, descubriendo todo lo mágico, poético y sorprendente que hay en ellos. Supo aunar criterios comerciales y estéticos, mientras estuvo al frente de la producción de la Gaumont (fue, quizá, el primer director que demostró que la calidad de una película no estaba en la mayor o menor inversión que se hiciera en la misma; todo lo contrario, con poco también se podía hacer mucho). Por eso, y sin lugar a dudas, su nombre ocupa un lugar destacado en este campo.

Fantomas - Ficha Técnica

Ficha Técnica:


Título original:
Fantomas
Año:
1913
País:
Francia
Género:
Crimen - Drama
Dirección:
Louis Feuillade
Guión:
Louis Feuillade (Novela: Marcel Allain)
Duración:
332 min


Reparto:


Especificados en cada episodio


Datos del archivo:


Idioma:
Muda con intertítulos en francés incrustados y en español (srt) aparte
Calidad:
DVDRip
Resolución:
720x528
Formato:
AVI
Tamaño:
Especificado en cada episodio


El personaje de Fantomas, surgió en 1911 del trabajo conjunto de los periodistas Pierre Souvestre y Marcel Allain, quienes para 1914 habían publicado en la editorial Fayard 32 novelas acerca del bandido, la inmoralidad intangible que lo rodeaba, y cómo el detective Juve en compañia del periodista Fandor, intentan capturar al elusivo criminal.

jueves, 7 de julio de 2011

"Los años dorados del cine argentino"

Los años dorados del cine argentino

Dentro de una temática sencilla, pensada para cumplir las aspiraciones de cualquier público, el cine se convirtió en el entretenimiento favorito.


Entre los comienzos del cine sonoro y lo que se conoció como el nuevo cine argentino de comienzos de la década de los sesenta, se extienden treinta años que son reconocidos como la edad de oro de la industria cinematográfica de la Argentina, época asociada en la memoria de la gente con el primero y el segundo gobierno peronistas (entre 1945 y 1955) y con una industria cinematográfica  en expansión, con productos que en unos casos se califican como livianos y en otros la exaltación de la mitología nacional.
Los historiadores del cine recuerdan que fueron los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial los que colocaron a la Argentina como el mayor centro productor de películas habladas en castellano. Las 50 películas estrenadas en 1939 en el país muestran la importancia que había tomado el cine como medio de expresión y entretenimiento, y de la fortaleza que ya tenía la industria cinematográfica nacional.
Al estallar la guerra, aunque el gobierno argentino adoptó una posición neutral, no disimulaba sus simpatías hacia los países del Eje. Esto provocó una fuerte reducción en el abastecimiento de película virgen, lo que favoreció a la industria cinematográfica mexicana que, con el apoyo estadounidense, ocupó una posición de liderazgo.
En Buenos Aires, las matinés de sábados y domingos congregaban a toda la familia. Era el momento de estrenar ropas y sombreros y, para los jóvenes, la oportunidad de encontrarse de “casualidad” en la puerta del cine. La mayoría de las salas se distribuían a lo largo de dos calles del centro, de modo que quien no había hecho un plan previo pudiera, mirando las carteleras, escoger las películas que vería.
En 1942 la industria cinematográfica local alcanzó un nuevo hito, con 56 largometrajes, y entre 1943 y 1955 se filmaron más de 400. Luis Saslavsky, Leopoldo Torres Ríos, Lucas Demare, Mario Soffici, Hugo del Carril y Luis César Amadori fueron algunos de los directores más prolíferos del período.
Pese a la liviandad de muchos argumentos o, según algunos, precisamente gracias a ella, la industria cinematográfica recibió un decidido apoyo del presidente Perón, preocupado por darle una proyección internacional.
Se reconocen cuatro grandes géneros: dramas históricos, en sus vertientes épica y gauchesca; alegatos sociales; comedias rosa, conocidas también como películas de teléfono blanco, e historias melodramáticas o románticas. Si en los dos primeros grupos los roles protagónicos corresponden a personajes de la historia en ciertos casos con un tratamiento casi escolar,  sufridos obreros y peones rurales e, incluso, el hijo futuro heredero de un empresario que, ante la huelga, se pone del lado de los obreros, a los personajes de las comedias rosa y de los melodramas hay que buscarlos entre millonarias aburridas que se enamoran de desocupados o, a la inversa, humildes empleadas que aspiran a casarse con el señor de la casa; “niños bien” obligados a casarse con novias impuestas pero enamorados de actrices o bataclanas; mujeres abandonadas que se resignan a perder el amor; hermanas gemelas que se hacen pasar una por otra; falsos mendigos y falsos ricos; novias de la adolescencia abandonada; madres que se sacrifican por el éxito de sus hijos; ricos sin apellidos y pobres de familias aristocráticas; jóvenes de buena posición económica que miran con desinterés a jovencitas buenas e ingenuas perdidamente enamoradas de ellos, etcétera.
Actores como Pepe Arias, Enrique Muiño, Elías Alippi, Ángel Magaña, Sofía Bozán, José Gola, Orestes Caviglia, Mecha Ortiz, Juan Carlos Thorry, Luis Sandrini, Delia Garcés, Libertad Lamarque, Amelia Bence, Niní Marshall, las hermanas Mirtha y Silvia Legrand, Nury Montsé, Zully Moreno, Elena Lucena y Pedro Quartucci, entre otros, desarrollaron una intensa actividad, y algunos lograron un reconocimiento del público que excedió los límites de la Argentina.
No faltan en la época películas ambientadas en arrabales, humildes hoteles o pensiones y áreas rurales del interior del país, pero las casas de familia de la alta burguesía son los escenarios preferidos por los guionistas y directores. Dos elementos destacan en ese escenario: el teléfono blanco, que prácticamente ha dado nombre al género, y la escalera monumental que une la planta baja con la alta, y suele dar a una amplia curva en la cual la protagonista puede lucir su elegante vestuario.
El ambiente artístico de estos años no estuvo libre de escándalo. El más conocido, sobre todo por la trascendencia que posteriormente adquirió una de sus protagonistas, fue el de la pelea entre Libertad Lamarque y Eva Duarte (Evita) durante el rodaje de La cabalgata del circo. Los hechos han sido narrados de diferentes maneras. Al parecer, la escena tuvo lugar durante el ensayo de una danza folklórica argentina que Evita, a pesar de sus esfuerzos, no lograba dominar. Libertad, una buena bailarina, terminó por explotar y le asestó una sonora cachetada. La diva ha sostenido siempre que sólo se trató de una discusión en términos duros. Sea como haya sido, la venganza no tardo en llegar. En cuanto Evita tuvo poder, Libertad, como tantos otros actores, no pudo filmar más en la Argentina y tuvo que emigrar a México, donde ya era muy popular.


Fragmento extraído de: Escenas inolvidables del siglo XX, Reader’s Digest de México, 1998

Roland Barthes "Los romanos en el cine"

LOS  ROMANOS  EN  EL  CINE


En el Julio César de Mankiewicz, todos los personajes tienen flequillo sobre la frente. Unos lo tienen rizado, otros filiforme, otros en jopo, otros aceitado, todos lo tienen bien peinado y no se admiten los calvos, aunque la Historia romana los haya proporcionado en buen número. Tampoco se salvaron quienes tienen poco cabello y el peluquero, artesano principal del film, supo extraer en todos los casos un último mechón que alcanzó el borde de la frente, de esas frentes romanas cuya exi­güidad siempre ha indicado una mezcla específica de derecho, de virtud y de conquista.
¿Pero qué es lo que se atribuye a esos obstinados flequillos? Pues ni más ni menos que la muestra de la romanidad. Se ve operar al descubierto el resorte fun­damental del espectáculo: el signo. El mechón frontal inunda de evidencia, nadie puede dudar de que está en Roma, antaño. Y esta certidumbre es continua: los actores hablan, actúan, se torturan, debaten cuestiones "universales", sin perder nada de su verosimilitud his­tórica, gracias a ese emblema extendido sobre la frente: su generalidad puede dilatarse con seguridad absoluta, atravesar el Océano y los siglos, incorporar el aspecto yanqui de los extras de Hollywood, poco importa, todo el mundo está instalado en la tranquila certidumbre de un universo sin duplicidad, donde los romanos son ro­manos por el más legible de los signos, el cabello sobre la frente.
Un francés, a cuyos ojos los rostros americanos aún conservan algo de exótico, juzga cómica esa mezcla de morfologías: gángsters-sherifs y flequillo romano; en todo caso es un excelente chiste de music-hall; para nosotros el signo funciona con exceso: al dejar que apa­rezca su finalidad, se desacredita. Pero el mismo flequi­llo, llevado por la única frente naturalmente latina del film, la de Marlon Brando, se nos impone sin hacernos reír y no debería excluirse la posibilidad de que parte del éxito europeo de este actor se deba a la integración perfecta de la capilaridad romana en la morfología ge­neral del personaje. En contraste, Julio César resulta increíble con ese aspecto de abogado anglosajón ya desgastado por mil segundos papeles policiales o cómi­cos, con ese cráneo bonachón rastrillado por un lamen­table mechón trabajado por el peluquero.
Dentro del orden de las significaciones capilares, encontramos un subsigno: el de las sorpresas nocturnas. Porcia y Calpurnia, desveladas en plena noche, mues­tran los cabellos ostensiblemente desaliñados; la prime­ra, más joven, tiene el desorden flotante, es decir que la ausencia de arreglo aparece de algún modo en su pri­mer grado; la segunda, madura, presenta un punto flo­jo más trabajado: una trenza contornea su cuello y aparece por delante del hombro derecho, imponiendo, de esta manera, el signo tradicional del desorden, que es la asimetría. Pero esos signos son a la vez excesivos e irrisorios: postulan una "naturalidad" que ni siquiera tienen el coraje de sostener hasta el fin: no son "francos".
Otro signo de este Julio César: todos los rostros su­dan sin interrupción: hombres del pueblo, soldados, conspiradores, todos bañan sus rasgos austeros y crispa­dos con un chorrear abundante (de vaselina). Y los primeros planos son tan frecuentes que, sin lugar a du­das, el sudor resulta un atributo intencional. Como el flequillo romano o la trenza nocturna, el sudor también es un signo. ¿De qué?: de la moralidad. Todo el mundo suda porque en todos algo se debate; estamos ubicados en el lugar de una virtud que se atormenta horrible­mente, es decir en el lugar mismo de la tragedia; y el sudor se encarga de manifestarlo. El pueblo, traumati­zado por la muerte de César y luego por los argumentos de Marco Antonio, el pueblo suda, combinando econó­micamente, en ese único signo, la intensidad de su emo­ción y el carácter grosero de su condición. Y los hombres virtuosos, Bruto, Casio, Casca, también traspiran sin cesar, testimoniando el enorme tormento fisiológico que en ellos opera la virtud que va a nacer de un crimen. Sudar es pensar (cosa que, evidentemente, descansa sobre el postulado, propio de un pueblo de hombres de negocios, de que pensar es una operación violenta, cataclísmica, cuyo signo más pequeño es el sudor). En todo el film, sólo un hombre no suda, permanece lán­guido, imberbe, hermético: César. Evidentemente, Cé­sar, objeto del crimen, permanece seco, pues él no sabe, no piensa, debe conservar el aspecto nítido, solitario y limpio del cuerpo del delito.
También aquí el signo es ambiguo: permanece en la superficie, pero no por ello renuncia a hacerse pasar como algo profundo; quiere hacer comprender (lo cual es loable), pero al mismo tiempo se finge espontáneo (lo cual es tramposo), se declara a la vez intencional e inevitable, artificial y natural, producido y encontra­do. Esto nos puede introducir a una moral del signo. El signo debería darse bajo dos formas extremas: o fran­camente intelectual, reducido por su distancia a un álgebra, como en el teatro chino, donde una bandera significa todo un regimiento; o profundamente arrai­gado, inventado de algún modo cada vez, librando una faz interna y secreta, señal de un momento y no de un concepto (el arte de Stanislavski, por ejemplo). Pero el signo intermediario (el flequillo de la romanidad o la transpiración del pensamiento) denuncia un espec­táculo degradado, que tanto teme a la verdad ingenua como al artificio total. Pues, si es deseable que un espectáculo esté hecho para que el mundo se vuelva más claro, existe una duplicidad culpable en confundir el signo y el significado. Es una duplicidad propia del espectáculo burgués: entre el signo intelectual y el signo visceral, este arte coloca hipócritamente un signo bas­tardo, a la vez elíptico y pretencioso, que bautiza con el nombre pomposo de "natural".

Roland Barthes


Mitologías
decimosegunda edición en español, 1999
© siglo xxi editores, s. a. de c. v.

sábado, 2 de julio de 2011

La época de oro de Hollywood

La época de oro de Hollywood


El ratón Mickey, Shirley Temple, Groucho Marx, Greta Garbo, Clark Gable y Fred Astaire envolvían desde Hollywood los problemas de la Gran Depresión en cintas de plata que llegaban a todo el mundo.

Las secuelas del jueves negro de Wall Street eran tan inesperadas que los ciudadanos comunes se negaban a aceptar que Estados Unidos, la tierra de las oportunidades, desapareciera. La propaganda optimista clamaba: “¡Adelante, América! Nada puede detenernos.” Por doquier, los patriotas del oeste medio estadounidense repartían botones emblemáticos con la leyenda “Estoy vendido a Estados Unidos. No hablaré de la Depresión.” El alcalde de Nueva York, Jimmy Walter, pensaba que las películas, como las que se producían en Hollywood aligerarían el peso del crac financiero e instaba a los productores de California a invertir en la industria.
“Cuando el ánimo de la gente anda por los suelos ―decía el presidente Franklin D. Roosevelt― es algo espléndido que por tan sólo 15 centavos los ciudadanos puedan ir al cine... y olvidar sus problemas.” A fines de la década de los treinta, los estadounidenses compraban 80 millones de entradas para el cine, cuyos precios variaban de 10 a 15 centavos, cada semana; por esa cantidad se podía disfrutar de un cortometraje de noticias, una cinta de dibujos animados, algún documental, avances de nuevas películas y dos filmes. Toda una tarde de entretenimiento por un solo billete.
Por supuestos que lo que se exhibía nada tenía que ver con la realidad, pro de eso se trataba. Los códigos de producción habían censurado palabras como infierno y maldición, y prohibían también escenas de amor en posición horizontal o asesinatos. En los filmes la gente moría sin heridas visibles y se reproducía también sin que esto fuera visible. Y algunos de los personajes más populares ni siquiera eran personas.
Hollywood llamaba la “Fábrica del Ratón” al estudio de Walt Disney, y el ratón era Mickey. En los siniestros días de 1933, Disney había logrado que la nación entera cantara “¿Quién le teme al lobo feroz?”, con sus dibujos animados Los tres chanchitos”, pero los ratones gustaban más. Entre los aficionados al ratón Mickey estaban el dictador italiano Benito Mussolini y la reina María de Inglaterra. Sólo Adolfo Hitler parecía inmunizado, y la propaganda nazi declaró al roedor como “el ideal más repugnante que jamás se haya revelado... los ratones son sucios”.
Afuera de su fábrica, el ratón se convertía en el muñeco mejor pagado del mundo: 100.000 dólares por película en 1938, mejor sueldo que el de Garbo o Gable. Y esta figura única mantuvo a su productora, la 20th Century Fox, a salvo de la Depresión. Mientras tanto Shirley Temple cantaba, bailaba y se reía, derritiendo hasta los corazones de acero con sus rizos de oro, en La pequeña señorita Marker. Su madre la acompañaba en las filmaciones animándola: “¡Brilla, hija! ¡Brilla!
Igualmente alegres eran las producciones ―caleidoscópicas― de Busby Berkeley, enmarcadas por las piernas de docenas de bellezas. También Fred Astaire y Ginger Rogers se deslizaban con una gracia mágica. En la primera prueba de Astaire para el foro cinematográfico se leía: “No sabe actuar. Algo calvo. Puede bailar un poco.” Cuando el gran éxito de La alegre divorciada salvó a la Corporación RKO en 1937, los estudios aseguraron las piernas de Astaire en un millón de dólares. Su aspecto festivo se adaptaba a las mil maravillas con la sensualidad de Rogers, y solía decirse que la pareja podía bailar hasta “quitarle las manchas al leopardo en el suelo”.
Gracias a la aceptación universal de los filmes musicales, que se inspiraban en el teatro de revista o music hall, directores y productores podían costear otras producciones e incursionar en temas que llegarían a ser igualmente populares en el cine de masas. La RKO se hizo cargo de King Kong, la legendaria cinta de horror, que se convirtió en un clásico del cine de trucos. Entrenada en 1933, el relato es una alegoría de la crítica situación estadounidense: en Nueva York, una joven actriz desempleada intenta robar para comer, pero la contrata un cineasta que le propone participar en un rodaje misterioso en las islas del Pacífico sur. La propuesta ante una realidad grave es la fuga geográfica; el desenlace no podía ser más aleccionador: en lo desconocido los aguarda un monstruo. Un gran éxito de taquilla, King Kong recorrió el mundo y originó numerosas cintas de monstruos y jóvenes en peligro.
Una sucesión de resplandecientes comedias devolvía la alegría al público cansado y triste. Este humor incluía desde las sensuales insinuaciones de Mae West (“Cuando las mujeres toman el mal camino, los hombres se apresuran a seguirlas”) hasta la comedia de equivocaciones y enredos de los inspirados hermanos Marx, como en Sopa de Ganso (1933) o Una noche en la ópera (1935). Además, abundaron los “filmes de compadres”, o buddy films: ¿quién podría olvidar las acrobacias y los juegos de palabras de los pioneros Laurel y Hardy (El Gordo y el Flaco) en El abuelo de la criatura, de 1932?
El mejor año para el cine hollywoodense fue 1939, fecha de otras dos obras maestras: El mago de Oz y Lo que el viento se llevó. Se trataba este último de un filme del tipo confesional de mujeres, víctimas u oportunistas, en boga por la Depresión y del cual Bette Davis era la reina. El productor David O. Selznick había probado a poco más de 1400 actrices para el papel de Scarlett O’Hara, algunas de la talla de Joan Crawford o de Tallulah Bankhead y, sorpresivamente eligió a Vivien Leigh, una británica que era, por ende, desconocida. Además, cambió tre veces de director, pasó por decenas de guionistas y consumió la cifra colosal de cinco millones de dólares. Nade podía predecir tampoco su reacción cuando Clark Gable, como el fascinante Rett Butler, dijera el parlamento que desafiaba a la censura: “¡Por mi, querida, pueden irse al infierno!” Unas 300.000 personas acudieron al estreno en Atlanta, ciudad ubicada en la geografía fílmica, y todo el mundo adoró a la pareja. Con Scarlett, el público coincidía en que ninguna adversidad era lo suficientemente dolorosa como para quebrantar el espíritu.

Escenas inolvidables del siglo XX, Rider's Digest de México, 1998


El mago de Oz

The wizard of Oz  (1939)

The great train robbery

The great train robbery (1903)

Sopa de Ganso

Sopa de Ganso (1933)

King Kong

King Kong (1933)